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Conejo

Érase una vez un conejo que vivía debajo de la hoja de una lechuga. En realidad vivía rodeado de lechugas, pero había una en especial que él decidió hacerla su casa.

Cada vez que se sentía asustado por algún ruido que no fuera del viento, de la abeja o el aleteo de las mariposas en primavera corría veloz atravesando la inmensa tierra cultivada por el hombre.

El hombre al que temía sobremanera porque una vez que estaba bajo la sombra de su hermosa lechuga vio como llevaba colgado de su hombro un extraño artilugio alargado que el hombre tomó y poniéndolo cerca del ojo salió de su extremo un ruido ensordecedor que le asustó mucho, como los días en los que el cielo cambiaba de color y aún siendo de día pareciera que la noche había llegado.

Esos días en los que el cielo se enfadaba y gritaba muy fuerte, el conejo se quedaba muy quieto debajo de su lechuga y esperaba a que el cielo dejara de gritar.

Un día el hombre descubrió su escondite. El conejo no se dio cuenta ya que estaba dormido y cuando escuchó la voz del hombre que ese día no iba solo, ya era demasiado tarde para salir corriendo, así que se quedó muy quieto, casi no se atrevía a respirar para que su colita blanca no se moviera lo más mínimo.

De repente una voz muy distinta a la voz del hombre, este tenía una voz que se parecía a la del cielo cuando gritaba, esta otra voz era como el canto de los pájaros que se posaban en el roble que estaba cerca de su protectora lechuga, era una voz dulce y melodiosa.

-¡Mira papá un conejo! ¿lo podemos llevar a casa? Por favor…

El padre se agachó y miró al asustado conejo que no paraba de temblar, miró a su hijo, de nuevo al conejo y poniéndose de pie contestó.

-¿Te imaginas que un extraño te viera ahora aquí en este mismo lugar y pensara que eres precioso y te quisiera llevar a su casa, solo por el placer de admirar tu belleza sin preguntarte si tú realmente querrías dejar tu casa, tus padres, tus amigos… ¿te gustaría eso hijo?

– No papá, no me gustaría.

-Pues no se hable más, pidámosle disculpas a Don Conejo y dejémosle tranquilo debajo de su lechuga.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.